El aula moderna está cambiando. No por los nuevos planes de estudio, sino porque los estudiantes tienen dificultades para concentrarse. Un incidente reciente descrito por un estudiante de octavo grado, llamado Aiden, ilustra el problema: un compañero de clase despedido como “protector” por tener poca capacidad de atención después de perder brevemente el interés en un juego. Este no es un evento aislado; Es una tendencia creciente en la que los jóvenes prefieren cada vez más la estimulación digital a la interacción del mundo real.
Durante años, la conversación en torno a la juventud y las redes sociales se centró en el ciberacoso y la imagen corporal. Ahora, el temor dominante es algo más insidioso: la erosión de la atención misma. Se sospecha que las plataformas de videos cortos, como TikTok e Instagram Reels, reconfiguran los cerebros jóvenes, haciendo que la concentración sostenida sea casi imposible.
Pero simplemente prohibir las redes sociales no es una solución. El reciente intento de Australia de bloquear a los menores de 16 años ya ha sido eludido, y los adolescentes acuden en masa a plataformas no moderadas. Esto pone de relieve una verdad fundamental: los hábitos digitales evolucionan más rápido que las regulaciones.
El auge de los vídeos de formato corto y su impacto
Las cifras son crudas. Common Sense Media informa que el tiempo de visualización de videos de formato corto para niños de 0 a 8 años aumentó de un minuto en 2020 a catorce minutos en 2024. Es probable que los niños mayores consuman aún más. Las investigaciones vinculan este flujo constante de contenido rápido con un rendimiento cognitivo más deficiente, particularmente en la atención y el control de los impulsos.
Gloria Mark, profesora de UC Irvine, explica que estos vídeos “habitúan” a los jóvenes a la gratificación instantánea. El cerebro aprende a esperar novedades constantes, lo que hace que el compromiso prolongado parezca tedioso. Los educadores confirman la evidencia anecdótica: a los estudiantes les resulta más difícil leer, escuchar o simplemente sentarse durante una clase sin distracciones.
Por qué fallan las prohibiciones y quién sale perjudicado
Prohibir las redes sociales puede parecer lógico, pero es un juego de golpear al topo. Cuando las escuelas de Los Ángeles implementaron una prohibición de usar teléfonos, los estudiantes pasaron a usar computadoras portátiles. El problema subyacente: la dependencia de la estimulación digital, persiste.
Además, las prohibiciones pueden perjudicar a las poblaciones vulnerables. Los expertos advierten que restringir el acceso a las redes sociales aísla a los jóvenes LGBTQ+ y a otras personas que dependen de estas plataformas para tener comunidad y apoyo. El problema no se trata sólo de la capacidad de atención; se trata de equidad y acceso.
La verdadera solución: una reforma más amplia, no sólo límites de edad
Es posible que las soluciones más efectivas no estén dirigidas únicamente a los adolescentes. En cambio, los cambios sistémicos en las propias plataformas de redes sociales podrían marcar la diferencia. Esto incluye informes de acoso más estrictos, límites a los anuncios dirigidos e incluso ideas radicales como prohibir el desplazamiento infinito.
Como dijo Leyla, una niña de 12 años, “Si se eliminara el desplazamiento, la gente definitivamente lo odiaría… pero haría que la gente se volviera menos adicta”. Estos cambios serían más difíciles de eludir y beneficiarían a todos, no sólo a los jóvenes.
En última instancia, los niños no son tan diferentes de los adultos en su relación con la tecnología. Lo disfrutan, reconocen sus desventajas y buscan formas de moderar su uso. Los consejos más prácticos vienen de ellos: sal a caminar, ve al gimnasio, haz algo productivo. Y, lo que es más importante, los padres deben predicar con el ejemplo. Si los adultos están pegados a sus teléfonos, esperar que los niños se comporten de manera diferente no es realista.
La cuestión de la reducción de la capacidad de atención no es sólo una crisis generacional; es un reflejo de cómo la tecnología está remodelando nuestros cerebros. La solución no es luchar contra la marea, sino remodelar la corriente, en beneficio de todos.























